Posteado por: todoayacucho | abril 7, 2013

Wanchako de Nantes

Miguel Osorio, a las orillas del río Loire

Miguel Osorio, a las orillas del río Loire

Encontré a un desconocido en el salón de una antigua residencia. Se llamaba Miguel Osorio. O afinaba al ojo o se abstraía en ella,  pero observaba bien una de las guitarras. Huésped un par de noches en esa anciana casa donde viví. Me lo presentaron también como Wanchako. Residía en Nantes y de paso en París se quedaba a dormir para acompañar con unos huaynos de Lucanas. En pleno invierno de fin de año parecía que propiciaba acongojarse a voluntad. Aún el cabello largo sin ya parecer tan joven, Osorio me devolvía la mirada serrana con gentileza. ¿Acaso importaba conocerlo tanto para tener cuidado de pedirle visitarlo en su hogar? Para nada. El momento fue una nueva y desde ya incontable oportunidad.

Como muchos ayacuchanos, Wanchako tuvo una guitarra en casa desde que nació. El sujeto de investigación en esta etapa me pareció ser ella otra vez.  De Lucanas a Europa la curva de madera que inspira entrevistas a ciertos músicos curiosamente auto exiliados.

Wanchako no conoció a sus padres. Fue educado por su hermana. En ella se refugió porque sus otros hermanos vivían simplemente lejos. Cuando “lejos” podía evocar a cualquier lugar en el espacio que no fuera el mismo punto de convivencia. Así se pegó y aprendió a afinar, “a chapalear con los compañeros de escuela”, se enorgulleció.  Me sirvió un vasito de alcohol de ciruela y aún en el interior de su casa, aunque con el piso de piedra, pagó a la tierra antes de mirar a los ojos y beber.

“Estamos cansados”, me repitió. Pero todos somos capitalistas y los discursos del pasado deberían concretarse de otra forma hoy, coincidimos. Cada quien con la propiedad o poca habilidad, con el alcanzado nivel de arte o llana sensibilidad. Entonces en el vidrio de los dibujos de ponchos sin rostros sobre la chimenea apareció su reflejo cuando se sirvió un segundo trago. Y recordó a su primer maestro de música. Las primeras clases. El seminario. 1968. La invitación a su primera orquesta. “El combo la llave”. Y tocar junto a su profesor frente al público. Un primer progreso musical. “Teníamos nuestros contratitos, eran épocas difíciles, todo era un rompecabezas, desde el alquiler de equipos”. De pronto son los recuerdos más sencillos los que hacen nacer la cita plañidera: “Me venía la memoria infantil, de los seis o siete años, cuando viajaba en el interior, tenía esa sensibilidad para la música, que nunca había dejado de escuchar la música andina, de lamento, así en los setenta se enriqueció mi horizonte, entré la universidad y las noticias del golpe militar en Chile nos inspiraron”. De allí su retrospectiva. La inquietud social política. La protesta. 1974. La carrera de sociología no terminada a causa de la guitarra cantante.  Osorio quería vivir de la música, profesionalizarse. La composición de “Alturas”, su primer grupo oficial. Alturas porque todos venían de las alturas peruanas. “Todos éramos de izquierda, reclamábamos la necesidad de una vida más justa y el reconocimiento de una identidad cultural, de la gente del interior, de los andinos, claramente de los serranos, los autóctonos, la gente nativa”. Se le iba el discurso. La pasión le brillaba como nostalgia. En seguida, el cuento del bautizo como Wanchako, no la playa del norte, el ave. La llegada a Lima. Sin discriminación. Ya era el fin de tarde siguiente a nuestro primer día de entrevista. En la cocina de su casa Wanchako preparaba un adobo mientras me hablaba. El sentimiento de acogida debió valer el doble en un instante. Lavaba el arroz y me preguntó si sabía hacerlo. Algunas imágenes me inclinaron. Sus cejas se alzaron. Sucedió una distancia quizás. Previne un enfoque y casi supe que no estaba allí para extraerle solamente fechas, nombres y lugares.

“Gracias a mi compañero Homero Oyarce llegué a Europa en 1984, hicimos un dúo luego de haber hecho una gira por varios departamentos del Perú en el 83, no en Ayacucho, por falta de contacto y la misma situación, en otros lugares nunca chocamos con nadie”, narró y aclaró. Sandinista. Exento del fuego duro. Había cumbia de fondo. La sensación de libertad del cabello largo sin recortar desde su arribo  en París en el 85 se confundía con la libertad de sus contestaciones. El plan de seis meses convertido en treinta años. Holanda y España antes. Charango en los metros y calles. La integración al grupo “Perú Inca”.

Las evocaciones se apresuraban. Corrían con el sonido de la cebolla que se freía. Intenté hacer silencios. De todas formas la voz de Wanchako, ronca y pausada, con los labios superiores como queriendo gruñir, complicaban. “¿Dónde está mi olla?”, se interrumpió a sí mismo. Me acerqué al fuego y encontramos otra precisa ebullición: “el acceso a los medios ha sido mi mayor dificultad aquí, no es porque eres un músico extranjero que ya tienes todo a tu disposición”. Removió la carne que ya estaba casi azada y volvimos al discurso “contra un sistema que uniformiza todo para vender en mayor cantidad y las ganancias siempre son para unos pocos”.

De pronto me pregunté por qué  estaba allí. Aquí. No se trataría tal vez de correr detrás de un regionalismo solamente. De extender la patria en una banderola de abstracciones. O vivir placeres imaginarios. Huaynos centelleantes o luces de faro azul. “Es pequeño decir que somos peruanos en Europa”, me reincorporó Wanchako. Como sacudiéndome una mayor atención de la que ya tenía sobre él y yo mismo sin mirarlo. Él se considera tahuantinsuyano. ¿La identidad es un proceso?, ¿cuántas otras teorías de identidad individual, colectiva y cultural vamos a leer antes de dejarlas de lado? “Hay algunos paisanos, compatriotas, que tienen una identidad forjada y tangible porque viven en el lugar todo el tiempo pisando la misma tierra y siendo parte del mismo paisaje, hay otros que lo heredamos en las venas y genes y nos toca viajar, conocer, estudiar, escribir, vivir”, fue la mayor cucharada de Miguel Osorio el fin de semana. La mesa estaba servida. Entonces cenamos sin grabaciones. Wanchako dijo primero que su mayor logro como músico ha sido seguir alimentando el rompecabezas de la ya varias veces mencionada identidad, “haber viajado por diferentes territorios”. Seguramente sin renunciar jamás al único territorio que no se puede abandonar.

Encontré a Wanchako en Nantes en un local de fiestas. Ya se había acabado el concierto cuando llegué. La cerveza nunca.  Los vasos a la altura del pecho mucho menos. El círculo de los últimos en irse y sus carajos. Entre el francés, español y quechua, la empatía. Un mes después, Wanchako lucía la guitarra de su propio hijo en  escena. El nuevo grupo de cumbia con huayno de presentación. Las medias luces y las frases más heladas en madrugada sin memoria. Y esa pequeña risa de dos tiempos que parece firmarle el perfil.

mgp/todoayacucho 2013

Posteado por: todoayacucho | febrero 11, 2013

París I: César Pimentel se va a Dubai

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El día que me fui de la casa de César Pimentel, él y su mujer cambiaban el empapelado color naranja del salón. Entre los muebles desordenados había cuadros de fotografías unos sobre otros. En los más vistosos bailaban unos papachos felices. Tenían ellos, y César, el mismo gesto congelado. De cierta dureza e identidad irrenunciable. Tres mandolinas apoyadas y sus estuches de cuero sobre el piso musicalizaban la morada de un hombre que parecía cualquiera. La cotidianidad de esa tarde y muchas anteriores expresaban una verdad: los artistas pueden hacer otras cosas además de perturbarse para agradar. Me detuve en los paisajes de plazas aún colgados y advertí aún más que nuestra convivencia allí quedó.

No pudo ser interés. Pero cuando llegué a su hogar franco peruano en los primeros días del último noviembre intuía que me llevaría ciertamente un provecho. De principio la corta historia debía comprometer el aprendizaje de alguna habilidad. Me dije que qué rico cocina este tío, pero no tenía muchas ganas de hacer hervir nada. El día que me escribió las notas musicales “para aprender de una vez la guitarra” la pequeña crónica me avivó.  Y cuando le propuse también “de una vez” hacerle algunas preguntas, me dijo: “te vamos a ayudar”. El casi terminado libro con el que me defendía en ciertos diálogos de acercados juzgamientos a mi circunstancia de inmigrante en verdad me acorazaba. Emocionó tal vez a César y algunos otros artistas ayacuchanos con los que tuve contacto los últimos meses de nieve en París.

César no empezó diciéndome que nació en Pausa. Alguna negación había en su voz o expresión facial o tonalidad que al contestar la pregunta sobre el imaginario de su Ayacucho personal apenas lo hizo como si estuviera en una rueda de prensa frente a reporteros molestos. Fue tal vez la condición de periodista precisamente la que me limitó en ciertos silencios. Ese hipnotismo duro de alcanzar, necesario para  lograr extraer conocimientos escondidos o inconscientes. La de un artista sobre todo, quien reta a no importa cuál fisgón con su mirada de músico viejo. César no fue esquivo cuando hablamos. Pero algo pudo ir mejor. Estando tan lejos de Ayacucho, del común pueblo alejado, era un doble esfuerzo quizás para ambos. París hizo lo suyo, con su definida luz de inspiración, que para él al menos lo ha mantenido viviendo del folklore desde 1983.

Sus primeros diez años de vida los vivió en Pauza, al otro lado del planeta, mirando la cima del Sarasara. La punta más alejada de toda la región. Luego sus padres lo llevaron a Lima. Por la impresión de bohemia que siempre se tiene frente a la guitarra su padre no apoyó el comienzo musical. César dice que heredó la música de su abuelo, “genéticamente seguro” porque también era guitarrista. Su madre cantaba carnavales. La voz que también un poco le dejó.

Cuando tuvo 16 años vivía en la residencial San Felipe, en Lima. Cantaba en las iglesias. En las iglesias. Durante las misas. La nueva ola. “Tengo el corazón contento de Marisol o Puerto Mont”, eran los temas con los que se podía lucir. Conoció por esas épocas al “Trío Salazar”, al cantautor Tulio Gutiérrez y al gran Jaime Guardia. La voz devenía.

“Escondía un poquito el huayno, tenía doble vida, porque mi barrio era de clase media”,  pudo confesarme. Ahora vive aquí, en la capital francesa. Es director de Perú Andino, una orquesta internacional de folklore latinoamericano. El primer día que escuché de él aún no había regresado de China, de tocar huaynos sobre la muralla y de interpretar una canción local en quechua.  Me asaltó una sensación de responsabilidad por esperarlo y entrevistarlo. César venía de Pausa; de Ayacucho, dictaba esa voz interior.

Es un viejo delgado y alto. Cuando explica las cosas u ordena a su grupo que dentro de unos minutos empezarán a tocar lo hace con los codos en las caderas y las manos hacia los lados. Como si esperara que nadie fuera a hacerle caso. Y parece renegar. Unos de los últimos días del año pasado hubo una feria en la Casa del chocolate. Tres mil personas en silencio frente al escenario que cargaban danzas de la selva y diabladas. El charango rasgaba a César y aún en pleno concierto parecía apurarse como si siempre hubiera algo más que hacer.

Es su semblante de hombre apurado, por instantes, sumamente práctico y con muletillas de ya ya ya. Siempre con los codos en la cadera y gesto y palmas de estar sorprendido por algo que solo él puede entender. Confuso y concentrado en una sola coma necesaria.

César se siente muy orgulloso de haber sido alumno de Jaime Guardia y de Raúl García Zárate. En 1979 los alumnos de uno competían con los del otro. Pimentel en el de Guardia. En una competencia de recitales. Y ganaron. Es su memorable anécdota. Se acuerda de “El cholito cordillerano, hijo del Sarasara…”, o “Encantadora mujer”, con charango, guitarra y mandolina.  Y tararea. En una época en la que recuerda una fiebre limeña por aprender el folklore.

“Cuando la canción de protesta estaba de moda, integré el grupo Tiempo Nuevo de 1977 a 1979”, recuerda. La influencia venía directamente de Chile, de los grupos Intillimani, Kilapayun. Además de Violeta Parra y Víctor Jara. Prosiguió: “Tiempo Nuevo se formó en 1975 en pleno gobierno de Velasco Alvarado con su tinte medio socialista”. De inmediato se ordenó la creación del Taller de la canción popular, gracias al apoyo del músico Celso Garrido Leca, que había trabajado en Chile. El taller se creó luego de la caída de Allende con subvención del estado.  “Se fueron tres, hubo un anuncio en el periódico, y fui. Me escogieron porque era andino.  Su misión era que se sentía un grupo revolucionario, cambio de estructura”.  César estuvo con ellos el 77, 78 y 79.

En 1982 se pasó al grupo Amaru, del mismo corte revolucionario, pero integrado solo por peruanos. La banda fue invitada a Santiago por unos suecos. Una iglesia sueca en plena dictadura de Pinochet. “Pero como la dictadura no chocaba mucho con la iglesia nos respetaron”. Allí se juntaron con el grupo Illapu, “Oswaldo Torres era uno de sus integrantes”. Hasta que en el 83 el grupo fue invitado en Alemania. “Yo les dije, me voy, pero no regreso. Así me quedé, hice música en Austria, Dinamarca y Francia”. Llegó a París  en junio.

“Con la música se podía vivir. La quena, la zampoña, el charango. Con la venta de los casetes y cedes”. César no ha tenido dificultades económicas. Sus himnos personales “San Juanito” de Ecuador,  “Amores hallarás”, “El cóndor pasa” lo han mecido en Europa. “Nuestra labor ha sido mostrar que había otras canciones además del Cóndor pasa”, es una de sus más claras reflexiones.

César integró Perú Andino en el 83. El grupo se desarmó y con otros decidieron seguir. Empezaron a trabajar en las escuelas, asilos y  festivales. Luego se sumó el grupo de danzas. El grupo de danzas. Sobre la historia de la orquesta, resumió: “teníamos que educarnos, y sobre todo al auditorio oyente que si querían música peruana había que aprender a tocarla. Nos preocupamos en aprender el folklore peruano. Esa fue nuestra tarea”. No solo tocan huayno. Aunque lamentablemente a veces no se puede vivir de la música. Sin embargo, “es una bonita tarea”.

“El ego, el protagonismo, los celos, son la parte más difícil de batallar.  Los grupos pocos que quedan, lo hacen más que todo por la satisfacción artística”, afinó.

César andaba más inquieto de lo normal en lo días que acababa de grabar una canción “completamente” suya; cantada por Saywa, la cantante ayacuchana conocida también como “Victoria de Ayacucho”. Estaba preocupado por la transición en el vídeo y desde mi habitación la escuchaba en repetición hasta la medianoche de varias noches de esa última semana en su casa.

Podía encontrarlo cualquier mañana muy temprano antes de salir a trabajar. En la cocina, susurrándole a la guitarra sentado sobre un banco en la cocina. Pidiéndole no despertar a nadie aún más temprano. Comienzo de perfil de otro auto exiliado que, como quien escribe, vive todavía un territorio que acaso nunca vivió o dejó de vivir, pero allí está el anhelo; el huayno y la guitarra. Y su viaje próximo a Dubai.

mgp/todoayacucho 2013

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