Encontré a un desconocido en el salón de una antigua residencia. Se llamaba Miguel Osorio. O afinaba al ojo o se abstraía en ella, pero observaba bien una de las guitarras. Huésped un par de noches en esa anciana casa donde viví. Me lo presentaron también como Wanchako. Residía en Nantes y de paso en París se quedaba a dormir para acompañar con unos huaynos de Lucanas. En pleno invierno de fin de año parecía que propiciaba acongojarse a voluntad. Aún el cabello largo sin ya parecer tan joven, Osorio me devolvía la mirada serrana con gentileza. ¿Acaso importaba conocerlo tanto para tener cuidado de pedirle visitarlo en su hogar? Para nada. El momento fue una nueva y desde ya incontable oportunidad.
Como muchos ayacuchanos, Wanchako tuvo una guitarra en casa desde que nació. El sujeto de investigación en esta etapa me pareció ser ella otra vez. De Lucanas a Europa la curva de madera que inspira entrevistas a ciertos músicos curiosamente auto exiliados.
Wanchako no conoció a sus padres. Fue educado por su hermana. En ella se refugió porque sus otros hermanos vivían simplemente lejos. Cuando “lejos” podía evocar a cualquier lugar en el espacio que no fuera el mismo punto de convivencia. Así se pegó y aprendió a afinar, “a chapalear con los compañeros de escuela”, se enorgulleció. Me sirvió un vasito de alcohol de ciruela y aún en el interior de su casa, aunque con el piso de piedra, pagó a la tierra antes de mirar a los ojos y beber.
“Estamos cansados”, me repitió. Pero todos somos capitalistas y los discursos del pasado deberían concretarse de otra forma hoy, coincidimos. Cada quien con la propiedad o poca habilidad, con el alcanzado nivel de arte o llana sensibilidad. Entonces en el vidrio de los dibujos de ponchos sin rostros sobre la chimenea apareció su reflejo cuando se sirvió un segundo trago. Y recordó a su primer maestro de música. Las primeras clases. El seminario. 1968. La invitación a su primera orquesta. “El combo la llave”. Y tocar junto a su profesor frente al público. Un primer progreso musical. “Teníamos nuestros contratitos, eran épocas difíciles, todo era un rompecabezas, desde el alquiler de equipos”. De pronto son los recuerdos más sencillos los que hacen nacer la cita plañidera: “Me venía la memoria infantil, de los seis o siete años, cuando viajaba en el interior, tenía esa sensibilidad para la música, que nunca había dejado de escuchar la música andina, de lamento, así en los setenta se enriqueció mi horizonte, entré la universidad y las noticias del golpe militar en Chile nos inspiraron”. De allí su retrospectiva. La inquietud social política. La protesta. 1974. La carrera de sociología no terminada a causa de la guitarra cantante. Osorio quería vivir de la música, profesionalizarse. La composición de “Alturas”, su primer grupo oficial. Alturas porque todos venían de las alturas peruanas. “Todos éramos de izquierda, reclamábamos la necesidad de una vida más justa y el reconocimiento de una identidad cultural, de la gente del interior, de los andinos, claramente de los serranos, los autóctonos, la gente nativa”. Se le iba el discurso. La pasión le brillaba como nostalgia. En seguida, el cuento del bautizo como Wanchako, no la playa del norte, el ave. La llegada a Lima. Sin discriminación. Ya era el fin de tarde siguiente a nuestro primer día de entrevista. En la cocina de su casa Wanchako preparaba un adobo mientras me hablaba. El sentimiento de acogida debió valer el doble en un instante. Lavaba el arroz y me preguntó si sabía hacerlo. Algunas imágenes me inclinaron. Sus cejas se alzaron. Sucedió una distancia quizás. Previne un enfoque y casi supe que no estaba allí para extraerle solamente fechas, nombres y lugares.
“Gracias a mi compañero Homero Oyarce llegué a Europa en 1984, hicimos un dúo luego de haber hecho una gira por varios departamentos del Perú en el 83, no en Ayacucho, por falta de contacto y la misma situación, en otros lugares nunca chocamos con nadie”, narró y aclaró. Sandinista. Exento del fuego duro. Había cumbia de fondo. La sensación de libertad del cabello largo sin recortar desde su arribo en París en el 85 se confundía con la libertad de sus contestaciones. El plan de seis meses convertido en treinta años. Holanda y España antes. Charango en los metros y calles. La integración al grupo “Perú Inca”.
Las evocaciones se apresuraban. Corrían con el sonido de la cebolla que se freía. Intenté hacer silencios. De todas formas la voz de Wanchako, ronca y pausada, con los labios superiores como queriendo gruñir, complicaban. “¿Dónde está mi olla?”, se interrumpió a sí mismo. Me acerqué al fuego y encontramos otra precisa ebullición: “el acceso a los medios ha sido mi mayor dificultad aquí, no es porque eres un músico extranjero que ya tienes todo a tu disposición”. Removió la carne que ya estaba casi azada y volvimos al discurso “contra un sistema que uniformiza todo para vender en mayor cantidad y las ganancias siempre son para unos pocos”.
De pronto me pregunté por qué estaba allí. Aquí. No se trataría tal vez de correr detrás de un regionalismo solamente. De extender la patria en una banderola de abstracciones. O vivir placeres imaginarios. Huaynos centelleantes o luces de faro azul. “Es pequeño decir que somos peruanos en Europa”, me reincorporó Wanchako. Como sacudiéndome una mayor atención de la que ya tenía sobre él y yo mismo sin mirarlo. Él se considera tahuantinsuyano. ¿La identidad es un proceso?, ¿cuántas otras teorías de identidad individual, colectiva y cultural vamos a leer antes de dejarlas de lado? “Hay algunos paisanos, compatriotas, que tienen una identidad forjada y tangible porque viven en el lugar todo el tiempo pisando la misma tierra y siendo parte del mismo paisaje, hay otros que lo heredamos en las venas y genes y nos toca viajar, conocer, estudiar, escribir, vivir”, fue la mayor cucharada de Miguel Osorio el fin de semana. La mesa estaba servida. Entonces cenamos sin grabaciones. Wanchako dijo primero que su mayor logro como músico ha sido seguir alimentando el rompecabezas de la ya varias veces mencionada identidad, “haber viajado por diferentes territorios”. Seguramente sin renunciar jamás al único territorio que no se puede abandonar.
Encontré a Wanchako en Nantes en un local de fiestas. Ya se había acabado el concierto cuando llegué. La cerveza nunca. Los vasos a la altura del pecho mucho menos. El círculo de los últimos en irse y sus carajos. Entre el francés, español y quechua, la empatía. Un mes después, Wanchako lucía la guitarra de su propio hijo en escena. El nuevo grupo de cumbia con huayno de presentación. Las medias luces y las frases más heladas en madrugada sin memoria. Y esa pequeña risa de dos tiempos que parece firmarle el perfil.
mgp/todoayacucho 2013



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