foto: www.todoayacucho.pe
Durante la colonia, durante los días de celebración de la Semana santa, era el sábado de gloria cuando a medio día sonaban las campanas y la ciudad rendía cierta mirada a los pudientes y aristocráticos quienes preparaban su cordero pascual, un asado de carne roja conocido como kanka. Pero la exclusividad, como en todas las épocas, imposibilitaba el goce de la mayoría, entonces los impelidos ascendían hasta la feria de Acuchimay para comprar un toro y bajarlo para compartir su carne con quienes no disfrutaban del carnero. Esta es la tradición originalmente llamada “Pascuatoro”.
José Luis Gutiérrez, vice presidente de la Cámara Regional de Turismo de Ayacucho, recuerda que durante los años sesenta no existía la parafernalia que hoy abunda, creada alrededor de la actividad: publicidad física, merchandising, polos rojos, etc. “Durante los años 94 y 95, la Asociación de criadores de caballo de paso de Ayacucho rescató esta tradición. Se dispuso que los caballos entraran de sur a norte, desde la Alameda de Baldelirios a la Plaza Bellido”.
En honor al nacimiento de la tradición, en la actualidad, el toro es habitualmente donado. Un morochuco lo jala por delante con la ayuda de una soga. Al llegar a la plaza que tiene en frente a la ex cárcel, se entrega el animal a las instituciones beneficiarias.
Se creó entonces la Asociación de jalatoros, encargada de limpiar la ruta por donde pasa el animal e ir corriendo delante de él, por eso se le dice “jalatoro”, además de encargarse de coordinar el contacto entre las instituciones y los donadores de toros. El término original que respeta la tradición es “Pascuatoro”; dirán los lectores. Después se crearon otras como “empujatoro” que se encarga de rodear al semental y azuzarlo, y otra “marccaitoro”, encargada de marcar el ganado.
“Y de un tiempo a esta parte se generaron contusiones a raiz de un acontecimiento completamente inusual”, apunta Gutiérrez, en medio del menjunje de funciones por las diferentes asociaciones.
Hace no muchos años hubo una celebración de Semana santa en la que la plaza de armas se tiñó de la sangre de un caballo corneado de lado por el filo orgullo de un bravo protagonista. “Al parecer, o un jalatoro o empujatoro hizo enredar la soga del morochuco y el caballo se cayó, entonces el toro aprovechó y lo estocó”.
El jinete se salvó, pero la trágica pérdida del potro desangrado y despanzurrado finalmente en la plazoleta de Santo Domingo atrajo inmediatamente la atención de organizaciones de defensa de los animales, quienes en los últimos años han sostenido cierta lucha para eliminar el “jalatoro” del itinerario de resurrección.
“La actividad es una especie de réplica de la que se realiza en España”, recuerda Gutiérrez. Al final del día podemos ver concursos de torres humanas, ríos de cerveza, grupos que se enseñan entre sí las cámaras con las fotos de la tentación del toro y sombreros campechanos. “La idea es que no se falte el respeto a la religiosidad, la fiesta del jalatoro conjuga la celebración de la Semana santa, pero no interrumpe”, a pesar de todo, claro, “el jolgorio está ahora controlado”.
El toro no es originario de América. Fue introducido por los españoles durante su ocupación y desde ese momento ha sido cruelmente utilizado, ya sea para el fin alegre de las poblaciones desmerecidas que encuentran en sus reuniones tradicionales el contento que no viven en su vida diaria, y hasta en las clases de más altos niveles de calidad de vida, en plazas gigantes y arenas blancas de músicos famosos, estocadores admirados y grandes escritores fanáticos por la sangre derramada. Pero si el lector come carne que no se queje. El “jalatoro” no es una actividad, que a diferencia de las corridas, comprende una ceremonia o ritual de matanza. El mundo contradictorio en el que vivimos.
mgp/tda/2012


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