1. Proyecto Ayacucho, publicado el 12 de junio de 2008
En una búsqueda de identidad regresé a Ayacucho, precisamente a Huamanga, luego de 19 años de ausencia, cuando en 1987 dejé la tierra de mi familia, que ahora es mía también, siempre mía y de todos. Nací en Lima y a las pocas semanas me llevaron a aquel lugar con el cual ahora me comprometo a revalorar con las herramientas que el Periodismo de mochila me ofrece e inspira.

Tenía tres años cuando la separación de mis padres provocó mi partida. Llegué a la ciudad capital muy pequeño. Estuve todo ese tiempo recordando a los cerros cercanos como la memoria de un plato sabroso y nada más, que tal vez ni en casa se atrevían a preparar nuevamente.
Ahora es tiempo, pensé, ya que el terrorismo ha sido desgarrado de las aulas donde se originó y en las chacras donde creció más la envidia y el dolor. Ayacucho puede ser un mundo entero si se tiene el plan de conocerlo todo, y ese plan tengo yo. No va a ser fácil, obviamente, muchos factores han de coincidir para apreciar por fin la conversión de mis esfuerzos y disfrutar publicando en este espacio que agradezco, necesario para quienes conocen la región y para quienes pretenden, en buena hora, acercarse a ella.
Ser una pieza activa del Grupo Viajeros es una experiencia con adjetivos siempre positivos.
El turismo es una forma en verdad muy exquisita de trabajar la tierra, quizás con la misma importancia que requieren las más complicadas disciplinas económicas, industriales, agroquímicas, deportivas y culturales. Ayacucho es cuna de muchas cosas y ahora es mi tarea mostrarles esas cosas, decir por qué son importantes y en qué tipo de fuentes pueden convertirse para construir, para edificar patrones de conducta, de respeto y de solidaridad. Vayan a Ayacucho. Me encargaré de las recomendaciones también.
Y hay que aprender a escribir con agudeza, sobre todo si se trata de estos dominios. Decir en este momento que Ayacucho es una tierra maravillosa suena más a una suposición, porque para calificarla tal vez haga falta en verdad recorrer durante un tiempo considerable algunas de sus once provincias y presenciar la riqueza de su ubicación territorial, sus peculiares relieves y fotografiar las especies que encuentre en su selva alta, rodeada por peligrosos y famosos ríos, a donde hoy han ido a parar algunos remanentes terroristas y cuyos suelos representan la morada de un grupo de hombres peruanos, entre los más antiguos del país, con 20,000 años de edad.
Puedo contarles con qué tipo de música se debe comer un plato típico, pero solamente con la experiencia de esa ilusión, porque para escribir hay que vivir. Concentraré mis primeros artículos en Huamanga, por ser la provincia capital de la región Ayacucho, es que ya no se dice departamento. Y con el tiempo el buen trabajo logístico me permitirá mostrarles parajes un poco más escondidos que el bosque de Puyas de Raimondi, por ejemplo, un enorme páramo donde se siente una energía muy distinta a la que podría sentirse quizás en Cuzco. Yo la he sentido, y la zona está llena de esta magia.
Comeré tuna en el camino, por donde hace miles de años recolectores y cazadores escapaban y enfrentaban a los tigres dientes de sable, porque en Ayacucho hasta hubo mastodontes, elefantes y osos de seis metros de altura, de acuerdo a ciertas publicaciones. Por eso hay que leer la historia.
En Ayacucho hay muchas placitas confidenciales al centro de bancas que rodean también un pozo, o una placa, o la sombra de una placa que robaron, porque también roban allá. No es la perfección. Hay muchas cosas que fiscalizar, observar y criticar. Maestros me han enseñado que la objetividad no existe, pero teniéndola como un norte seguro, las acciones profesionales de este oficio o profesión, según los pareceres, pueden llegar a ser excelentes. Hay que trabajar para cultivar las visiones. La mía es el registro y nada más, en favor de un campo más limpio y visitado, con guitarra de fondo, qué bonito, y ojos de mujeres del color de su cielo distinguido.
tda/apa/mgp

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