por Juan Salvatierra
Ayacucho es una región de la sierra central del Perú que se encuentra a poco menos de 600 kilómetros de Lima. Su historia está teñida de conflictos sociales de trascendencia nacional. La cultura del pueblo ayacuchano es su mayor característica.
Ayacucho es sede de la cultura Wari, la expresión pre inca que alcanzó mayor expansión territorial en el Perú Antiguo.
La antigua ciudadela Wari se encuentra a 25 kilómetros de la ciudad de Ayacucho, provincia de Huamanga, la capital de la región.
A poco menos de esa distancia también se encuentra la cueva de Pikimachay, donde se hallaron restos humanos de veinte mil años de antigüedad. Los peruanos más viejos son ayacuchanos.
Probablemente eso constituya uno de los factores que contribuye a la vanidad del pueblo ayacuchano.
En la historia de Ayacucho, muchos intelectuales de renombre internacional han escrito y expresado de muchas formas artísticas y políticas la necesidad de revalorar el pasado nacional, a través de su ciudad.
En la actualidad, la mayor tradición que posee Ayacucho es su etiqueta de religiosidad.
La ciudad tiene decenas de iglesias.
Confluye en la sociedad ayacuchana una necesidad de identidad muy fuerte y arraigada por el abolengo y las costumbres familiares como la conformación y consolidación del ayllu.
Más de una centena de comparsas integradas por decenas de amigos y familiares que representan a diferentes barrios y distritos de la provincia y otras provincias se reúnen en Huamanga durante los carnavales en febrero para al final de su recorrido, en uno de los cinco días que dura la fiesta, llegar a la Plaza de Armas de la ciudad, conocida también como el parque Sucre, darle una sola vuelta, rodearla y concursar por cuál comparsa es la que expresa con más intensidad los cantos y bailes de florecimiento. Es una algarabía de la que no está de acuerdo el clérigo.
Los excesos son claros.
Incluso se observan muestras de rebeldía frente a la catedral de la plaza.
Esas expresiones son hechas por los mismos grupos que cuarenta días después llevan en procesión las imágenes religiosas en escultura.
Es irónico, pero demuestra la deformación de un sincretismo presente en la sociedad ayacuchana, que late fuerte cada día. Es decir, ¿por todo el alcohol y drogas que se consume durante los carnavales, la gente se arrepiente durante la Semana Santa? Se puede interpretar y admirar.
En uno de los siete días de recorrido religioso, en simulación a la semana de sacrificio cristiano, las procesiones de las seis de la mañana están dirigidas por fieles que mecen las imágenes sobre sus hombros. Muchas veces por fieles que apenas terminan su jornada de celebración en la madrugada y que inmediatamente ebrios se ponen encima los duros tablones católicos.
Esta realidad arroja enunciados que al ser adicionados, se pueden lograr deducciones de muy atractiva filosofía de vida diaria.
A ello es que, por ejemplo, viejos intelectuales destinaron sus carreras para analizar el desarrollo de la verdadera tradición ayacuchana.
De allí, la gastronomía resulta una expresión que no escapa de dicha explicación.
No hay forma más exacta para un ayacuchano que quiere demostrar esta realidad en manera más exagerada, que presentar a la mesa de un comensal un mantel rojo con un plato típico de muy esforzada preparación.
Es la manera más pura y exquisita de transmitir y hacer entender el sincretismo que vive Ayacucho.
La puca picante es esa película. Un plato de bandera huamanguina que reluce una mezcla de ingredientes en la que predomina el sabor del maní tostado y en guiso, para envolver carne achicharronada (freir muy prolongado), en compañía de papas coctel y servido con arroz blanco.
Ese es el plato de fondo que más caracteriza a Ayacucho, expuesto en primer nivel y en los espacios más exclusivos de ferias internacionales de Europa y Estados Unidos.
Pero la vanidad ayacuchana se esfuerza por servir no solo un plato de fondo.
El plato de entrada que Ayacucho presenta puede ser en una u otra oportunidad: el mondongo, una sopa de otro hervir muy prolongado. De la cual nos toca ahora investigar.
Y para el postre: el muyuchi, un helado de tradición, que en tiempos antiguos se hacía con hielo natural traído del nevado Razuhuillca. Además de los panecillos y bizcochuelos, los que tanto identifican a Ayacucho, envueltos siempre en los colores más intensos de las faldas de las vivanderas que los venden en la plaza de la ciudad, al igual que las fuertes tonalidades de los retablos ayacuchanos, objetos que imitan las casas españolas de San Marcos, pero ya de una muy notable identificación andina.
Los retablos ayacuchanos, pese a no ser una muestra original de arte popular, es la más refinada pieza de arte y artesanía de la región, la que ha logrado que se le posicione a Ayacucho tal cual un espacio que abre sus dos puertas como un retablo, para observar en su interior una historia de conflictos y alegrías, de vanidades y humildades muy bien consolidadas para transmitir la fuerza y el coraje de un pequeño pueblo en un valle grande.
js/tda/2011


Comentarios recientes