Memoria sin ficción, ¿Tengo derecho a preguntar? Mémoire sans fiction : est-ce que j’ai le droit de poser des questions ?

Mon projet d’écriture sur la mémoire d’Ayacucho se déroule dans la perspective de quelqu’un qui cherche une récupération de l’identité andine. Afin de construire un personnage sans fiction, je me suis nourri de nombreux témoignages recueillis auprès d’un échantillon représentatif de la population d’Ayacucho, berceau de la révolution maoïste portée par l’organisation du Sentier lumineux entre 1980 et 2000. Paysans, artistes, trafiquants de drogue, assassins ou encore gens ordinaires m’ont permis de retracer l’histoire de l’état de violence qui a frappé cette région. Mon projet s’inscrit dans le devoir national de mémoire et dans la consolidation de notre identité culturelle. En Europe, je cherche les exilés depuis ma perspective d’immigré.

 

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La violencia en Perú que se inició en 19801 despojó de su identidad a decenas de miles de peruanos. De sus vidas partieron sus más arraigadas tradiciones y costumbres antiguas. La música y el zapateo en el balcón se guardaron en cajones teñidos de sangre. En ciertos hogares tal vez para siempre. Cientos de familias abandonaron los pueblos pequeños para servirse de una capital gigante. La violencia en las callejuelas, estadios y plazas se tradujo en las casas donde se secaron las higueras. Hombres confundidos apostaron por su equivocación. Hoy, los gritos de sus víctimas aún no se han detenido.

 

Un día me encontraba en la selva alta de la región, el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM) acompañado por un oficial militar que fingía ser miembro del Partido Comunista Peruano Sendero Luminoso (PCP-SL) en un teatro de guerra elaborado para un grupo de corresponsales. Al interior de una carpa con vela el actor me preguntó a qué yo temía. Mi respuesta le pareció un signo de debilidad. La mejor contestación para él, me dijo, era «temer a no encontrar una verdad en el mundo». Fue el comienzo de mi relato. Me pregunté por qué alguien pensaría que en nombre de la Memoria hay respuestas definidas para preguntas precisas.

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El VRAEM, es un paraíso que cada vez se contamina más. El daño irreparable al medio ambiente reprime iniciativas. Pese a que los hombres escondidos en sus montes más densos no son siempre los mismos. Contacté a uno de ellos ya retirado de su actividad como narcotraficante. Compartimos diferentes conversaciones y mucho silencio. Le insistí, fustigué, rogué y quizás hasta manipulé solo para escuchar un huayno juntos luego de oír su testimonio horrendo. Pensé que encontraría cinismo o arrepentimiento en sus ojos de perpetrador confeso. ¿Tenía derecho yo? El hombre se mostró como un experto en la utilización del permanganato para la extracción de alcaloides en la elaboración de la pasta básica de cocaína. En una poza de maceración, acompañado por otras nueve personas, entre adultos y niños, pisaba la hoja de coca para vivir. De ser testigo de ejecuciones se convirtió en ejecutor. En ese sistema de crimen e ilegalidad se adhirió a la norma de no robar ni traicionar a sus compañeros de asalto. Alguna vez, me dijo, quemó vivo a quien mató a su colega más cercano. La cabeza de un soplón a mil dólares: quinientos para él y doscientos cincuenta para cada uno de sus dos ayudantes de aniquilamiento. Al terminar la entrevista mi personaje se enderezó para decirme que su labor fracasó y terminó vendiendo galletas antes de volver a Lima con su familia.

El VRAEM no es un paraíso peligroso para los turistas, no solo porque persistan este tipo de pisadores de coca. En sus bosques de lluvia los monos aulladores advierten el riesgo de la bella y aún existente, aunque escasa, presencia de otorongos, jaguares, yanapumas, tigrillos.

Para terminar de comprender esto me decidí a pasear por Sivia y Llochegua, dos de los pueblos más conocidos del valle, y fingir que podía leer la suerte con las cartas. Interrumpí a amas de casa que seleccionaban hojas de coca tendidas sobre costales en el piso a la entrada de sus casas. Las mujeres compartían las quejas. En Puerto Amargura, más allá de Llochegua, donde no había comisaría, las señoras me confesaron el abandono constante de sus maridos. Tres de ellas me dijeron que ellos siempre se iban a Quisto Valle, pueblo de sicarios y prostitutas, entre comillas «sin saber por qué». Querían que mis cartas lo dijeran. Mi objetivo era fotografiar una poza de maceración. Me creyeron; quizás sin darse cuenta que rodeaba sus palabras con mi escenificación. Si un militar me había hecho preguntas personales, ¿por qué yo no podía hacerlas a la gente en el monte? Al regresar a Llochegua una prostituta se me ofreció por veinticinco soles. Al rechazarla, en seguida me amenazaron con «desaparecerme», es decir eliminarme por no conocerme. Al irme obtuve la fotografía de un campo en cenizas que acababan de quemar para convertir el llano en una nueva plantación. Ese fue mi capítulo.

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A fines de 2008 se realizó por tercera vez en Huamanga, Encuentro Ayacucho, un festival de teatro de grupo organizado por la compañía peruana Cuatro Tablas y la danesa Odín Teatret. Cada diez años desde 1978 ambos grupos se han juntado para realizar escenificaciones e intervenciones en Perú durante dos semanas de juegos. En una actuación individual, la actriz peruana, Ana Correa, proyectó sobre su cuerpo desnudo fotografías de ashánincas desaparecidos durante la violencia. Son alrededor de seis mil fallecidos, según el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Al ver rostros de niños muertos sobre sus senos descubiertos alguien muy identificado con el rol de su propia historia le preguntó a Correa a qué le tenía ella miedo. El ambiente se tensionó y comprendí que bien podía ser una pregunta letal.

Meses antes visité Pampachaccra, un pueblo a quince kilómetros de la Ciudad de Ayacucho. Allí presencié un pago a la tierra. La ceremonia ancestral estuvo organizada por la pequeña población. Además, buscaban un actor que asumiera el rol de un brujo que leyera la suerte en las hojas de coca. El requisito era ser anciano. ¿Es necesario vivir allí hasta viejo y solo así tener derecho a saber la verdad que se arrastra?

No fue sino hasta el 2011 que presencié en Vilcashuamán a 117 kilómetros de Ayacucho la escenificación de seiscientos actores en el Vilcas Raymi. Otra ciudad comprometida en un día entero de telones. Reproducen la histórica resistencia de la cultura Chanca frente a la invasión de los Incas. La actividad se realiza desde 1999, cuando por fin sintieron que la violencia debía ya un punto final a su historia. De esta forma el teatro se convirtió en una variable importante en mi trabajo de recolección de testimonios y observaciones y sobre todo de introspección.

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Una hora antes de llegar a Ayacucho, a través de la conocida Vía de los Libertadores, se encuentra la ciudad de Vinchos. A tres horas de su plaza se extiende el Bosque de Piedras de Huaraca. Es un sitio potencial para la práctica de deportes de aventura. En la búsqueda de la laguna de Ustunaqocha me acompañó un verdadero guía de montaña, Juan de Dios Cabrera «El Caminante». Con suerte, nos cruzamos con un hombre que llevaba a su hijo en brazos. Ambos lloraban. «No se pregunta», me dijo Juan de Dios, así de simple. Es así que caminar por Ayacucho se me hacía libertario. Mi mentalidad cambió progresivamente. Tenía mil preguntas cada vez que salía de Lima hacia la ciudad del huayno y los reencuentros. Hay tradiciones que sobrevivieron a las lágrimas silenciosas. Hoy prefiero tener menos preguntas. No es solo la voluntad de vivir luego de una época dura. Es viajar para disfrutar de una popular corrida de toros, donde todos aman al toro que no muere o esperar once meses por un Carnaval. Es buscar nuevas páginas que contar.

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Con respecto al Carnaval de Ayacucho me preguntaba: ¿Se habla de las 69 000 víctimas del conflicto armado interno durante la fiesta?2 En cinco días, decenas de miles de músicos se develan para pasear por las calles. La Tradición es más fuerte que el trabajo de Memoria.

Hay hombres que respiran todavía la violencia. Los trastornos en Ayacucho son reales. Al menos se abandonan o reposan durante las fiestas. No se finge ser feliz, se es. Es importante que la historia esté escrita, pero también es crucial coser las heridas. En período de carnavales justamente conocí en la ribera de un río a un pequeño hacendado que me juraba tener prisioneros a miles de insectos bajo tierra, a quienes llamaba «terruquitos», diminutivo plural de «terruco» o sinónimo de terrorista. Durante los días de carnaval los libera para que disfruten con la condición de que vuelvan a su prisión. El discurso de este hombre me permitió acercarme a la palabra estragos, y claro, al carnaval ayacuchano, una enorme celebración contestataria. El antiguo arzobispo, Luis Sebastiani Aguirre, me dijo: «La ayacuchana es una sociedad emocionalmente enferma».

En la ciudad llueve alcohol y es verdad que ciertas reglas morales quedan sobre el papel. Lo bello es la cantidad de amigos que se reúnen de diferentes partes del mundo una vez al año. Es la oportunidad en la que el territorio espacial en el que se ha convertido Ayacucho se hace tangible. Quiero decir que la abstracción de la sociedad golpeada y en consecuencia desperdigada, se masifica. Durante el carnaval lo especial es la fotografía con el poncho y la guitarra. Es una breve inmortalidad. El Carnaval es Reconciliación.

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Motivado por la música y en especial por la guitarra, busqué a Raúl García Zárate. El mayor referente vivo de la guitarra andina en el Perú. Necesitaba saber por qué el huayno persistía en habitarme. Un maestro como él no me daría una respuesta, se puede pensar. Me dijo simplemente que para aprender quechua «hay que morderle la lengua a una chola» (apelativo popular de la mujer andina). Que la tradición y la difusión del quechua debe reconfigurarse: enseñarlo en los colegios. Y al mismo tiempo deploraba, imagino que aún debe hacerlo, a las fusiones del huayno con ritmos modernos. Quise darle razón. Me dijo que hablar quechua permite hablar otros idiomas como el francés. Era 2009, no tenía idea que siete años después estaría entrevistando ayacuchanos en Europa. García Zárate dijo que el huayno ayacuchano es indefinible en su relatividad. Mientras más tristes los huaynos más alegres quienes los aman. La tristeza da coraje, el coraje da entusiasmo y el entusiasmo produce contento. «Los ayacuchanos vuelven para recordar», me dijo también el maestro. Me atreví a preguntarle si aún sentía la presencia de su hermano desaparecido cuando tocaba la guitarra, «todo el tiempo», me respondió sin titubear. A qué venía la pregunta; es un asunto lírico.

Contrariado y muy comprometido con esta historia busqué a un intérprete de fusiones de huayno y música electrónica para que me ampliara el asunto. Chano Díaz Limaco es un músico repartidor de amuletos. Se dedica a las fusiones del huayno con ritmos modernos desde hace veinte años. Dirige diferentes comparsas en los carnavales en Huamanga, fue músico de calle en Europa y es productor reconocido. Lo que fuera, no es importante. Su identidad artística inspira. Cuando imaginamos una meseta con miles de ponchos tocando juntos un huayno reconciliador allí está él para decir que a la modernidad se le ataca con las fusiones en favor de la promoción cultural. En la actualidad la tradición musical andina no se defiende por sí sola.

De un extremo a otro el huayno es una reacción. Huaynos contestatarios han servido en otras épocas para atacar al Estado por lo que sus autores consideraban injusticias. En 1990, el cantautor Walter Humala asumió el maoísmo en las letras de sus canciones. Se separó de su hermano Julio con quien compartía el conocido Dúo José María Arguedas solo por el pensamiento político. Acudí a Walter en razón de escucharle un huayno de cerca. Mirarle en los ojos su admiración por Abimael Guzmán, ex líder del PCP-SL. Preguntarle si apoyaba la violencia, si disparó, si vio matar. Tanto en un carnaval como en la cárcel los huaynos se disfrutan sin distinguir la compañía. En las calles de izquierda y de derecha la melodía del huayno dirige a un solo lugar. Ahora pienso que es una montaña. El huayno también es Reconciliación.

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Recolecté fotografías y notas de viaje que publiqué periódicamente. Luego viajé al sur de la región para emprender un proyecto de voluntariado con turistas jóvenes, básicamente franceses. La agencia en Turismo alternativo con la cual trabajé se interesó en mi proyecto de recorrido por las provincias. La propuesta consistió en invitar a los viajeros a trabajar en una hacienda y acompañarlos a puntos neurálgicos: centros arqueológicos y también sitios donde hubieran ocurrido actos masivos de violencia para explicarles las razones conocidas. Y en los alrededores para hacerles descubrir la esperanza en la belleza natural. Cuando en algún momento encontré cráneos expuestos en la ciudadela de Kanichi, en la provincia de Andamarca, me pregunté si la idea era redonda. La guía local no estaba enterada. Hacerle preguntas se hizo pesado. La sensación fue la de no tener derecho. Un grupo de periodistas se acercó en 2008 para indagar por los cráneos, pero al llegar ya no estaban. Luego reaparecieron en el mismo lugar.

En el sur de Ayacucho se gestaron movimientos ancestrales. El Taki Onqoy es uno de los mayores ejemplos. Es una expresión milenarista que nació como respuesta a la extirpación de ideologías durante la conquista española a través de la Danza de las Tijeras. De sus viejos representantes contemporáneos había uno que no quería hablar de sus antiguos amigos cuando lo visité. Froy Ramos, conocido como Chuspicha, danzante veterano y director de su propia escuela. No quiere saber nada del pasado. Contar los cuentos es sangrar. Enseña todo lo que sabe sobre la danza a sus hijos. El aula de su escuela es su huerta. Retirado del ejercicio profesional solo enseña, ya no participa en las fiestas. El olvido es su meta. Lo ocurrido en casa es problema sólo de él y de sus padres. Apoyarlo con dinero va a significar que solamente se vista con su traje de danzante para una fotografía, no para una ficha de encuestas o de recopilación de testimonios. En cambio, otro gran danzante piensa de manera muy distinta: Qorisisicha, o también Rómulo Huamaní. Su mayor esfuerzo apóstata consistió en danzar sobre la tumba de César Vallejo en París hace algunos años y en Roma visitó a Benedicto XVI para contárselo. «El dolor del recuerdo es necesario», dice.

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Con todo esto me di cuenta que ya tenía algunos años en Ayacucho haciendo preguntas. Todavía no sabía qué tipo de respuestas esperaba en verdad. Me preocupé en buscar otra vez a ciertos actores no para pedirles explicaciones sobre sus antiguas investigaciones. Quizás sí para dejarme asimilar; o empezar a pensar que hay una clara diferencia entre autor y personaje. Antes de abandonar el sur hacía la costa conocí en Arequipa a un antiguo marxista y periodista de documentales. El tipo estaba desesperanzado con la realidad. Decepcionado del mundo. Hoy solo se dedica a pescar. Realizó un reportaje televisivo luego de la matanza de 69 personas en el distrito ayacuchano de Accomarca del 14 de agosto de 1985 y no habla más al respecto. La reconstrucción de las casas de piedra de Sibayo, una comunidad del Cañón del Collca, es más importante para él que preguntarles a las mamás por qué todavía el luto. Entonces viajé a Accomarca. Sentí la necesidad de sentarme en aquella quebrada llamada Llocllapampa, el lugar del incendio. El silencio de ese bosque en soledad es abrumador. Los ciudadanos de Accomarca aprendieron a vivir sabiendo quién es quién y quién estuvo dónde tal día.

Las historias de los familiares de los Desaparecidos es un tema de una lectura en la que no necesariamente exista la discusión entre memoria u olvido. Este tema sí amerita una continuidad en las investigaciones y que nadie se pregunte si ya fueron suficientes preguntas al respecto. En 2007, el Equipo Peruano de Antropología Forense calculó en 15 731 los desaparecidos en Perú entre 1980 y 2000. Este es un tema al que la ficción literaria le debe cuidado. La primera vez que se expusieron prendas de desaparecidos fue en 2008 en la provincia ayacuchana de Huanta. Ese mismo día se idearon, entre otros proyectos, el de la recuperación de la memoria de los desaparecidos a través del tejido de chalinas en lana. Las madres de los desaparecidos tejen pequeñas pastillas con los nombres de a quienes no han enterrado jamás. Luego de varios años este esfuerzo ha recibido reconocimientos internacionales por la forma en la que se procesa el dolor. La Chalina de la Esperanza, nombre del proyecto, impulsado por el Colectivo Desvela, se ha tejido en Canadá, Colombia, Argentina, Inglaterra, Holanda, Japón, Suiza y Turquía.

El 22 de noviembre del 2012 los cuerpos de 17 personas fueron devueltos por el Instituto de Medicina Legal de Huamanga a la comunidad de Soras donde el 16 de julio de 1984 el PCP-SL asesinó a 105 personas. El trámite judicial del entierro ha reabierto heridas en la población.

También en 1984, en diciembre, 123 personas fueron asesinadas en diferentes comunidades de Putis; distrito ayacuchano de la provincia de Huanta. Recién el 11 de enero del 2010, los familiares de 92 pudieron realizar el entierro. En la peregrinación de los ataúdes pintados de color blanco presencié cómo un profesor de música reprendió a su alumno por rascarse la espalda con el arco de su violín. Dijo que en otros tiempos la gente se mataba por utilizar el pico para otra cosa que no sea picar la tierra. El profesor iba a enterrar a su sobrino por fin veintiséis años después con un huayno de fondo llamado «Putis Florece», escrito por el cantautor Ricardo Dolorier, el mismo que en la década de 1960 escribió «Flor de Retama», huayno conocido por haber sido utilizado por el PCP-SL durante sus marchas políticas y que luego fuera acusado de apología al terrorismo. Parece otro asomo de Reconciliación.

En el distrito ayacuchano de Santiago de Lucanamarca, tres días antes de la masacre senderista de 69 personas del 3 de abril de 1983, varias personas compartieron el mismo sueño de signos de premonición caóticos. Hoy, desde 2009, es más importante para ellos terminar de construir su carretera a la costa que seguir hablando del pasado.

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Temí cuando vi a un niño sumergido en las vísceras de una vaca adulta al interior de un cilindro. Era un ritual de curación que aún se practica. Dos viejos fuman en medio de invocaciones a la tierra, el niño grita y el olor nauseabundo ahuyenta el oxígeno del ambiente de donde deben huir los fantasmas que habitan en el paciente. Temo al saber que el nevado del Razuhuillca, el más cercano a la plaza de Huamanga, se derrite. O cuando ya no comemos chapla, el pan serrano, el 1 de noviembre, el día de los muertos. O cuando un campesino mata una puya, la planta bromeliácea rara y bella, parecida a una palmera y de difícil maduración. La mata por miedo y aprehensión a los desconocidos que rodean su campo para fotografiar sin permiso. Temí cuando madre e hijo que viven al borde de la laguna de Parinacochas, al sur de Ayacucho, me confesaron que escuchaban oleajes muy fuertes durante la noche y bufas de toros que no ven.

«El peligro obviamente impone una serie de consideraciones que uno debe tener en cuenta, pero eso no implica que uno vaya a renunciar a dar la mayor cantidad de información posible; el miedo no debe ser nuestro editor», me dijo también en entrevista Gustavo Gorriti, veterano periodista peruano de investigación y autor del libro Sendero: historia de la guerra milenaria en el Perú (Lima, Editorial Planeta, 2008).

La violencia despojó no solo Ayacucho a los ayacuchanos de ellos mismos. Enfrentó al pueblo y lo dejó delante de ciertas encrucijadas.

«Creo que todos tenemos derecho a sentir curiosidad sobre el pasado y nuestros antepasados. Sobre sus roles en la historia porque eso de alguna manera marca nuestro sentido de identidad. Pero nuestra curiosidad no es un imperativo moral…», declaró en exclusiva para este artículo José Carlos Agüero, historiador y poeta peruano; autor del libro Los rendidos. Sobre el don de perdonar (Lima, IEP, 2015).

Antes de volver a instalarme en París para escribir de ciertos exiliados ayacuchanos en Europa, hice algunas preguntas en casa que de alguna forma pesaron en el abrazo de despedida. Entre la necesidad de memoria y el derecho a olvidar abuelos y nietos nos hacemos preguntas a diario.

Notes

1 El 17 de mayo de 1980 el Partido Comunista Peruano, llamado también Sendero Luminoso por sus detractores quemó las ánforas de sufragio en la comunidad alto andina de Chuschi, región de Ayacucho, en protesta a las elecciones presidenciales y acción del inicio de su lucha armada.

2 . Cantidad de víctimas y desaparecidos durante el conflicto armado interno entre 1980 y 2000, según el Informe Final de la Comisión y Reconciliación.

 

Pour citer cet article

Référence papier

Miguel G. Podestá, « Memoria sin ficción ¿Tengo derecho a preguntar? », América, 51 | -1, 166-172.

Référence électronique

Miguel G. Podestá, « Memoria sin ficción ¿Tengo derecho a preguntar? », América [En ligne], 51 | 2018, mis en ligne le 04 avril 2018, consulté le 07 avril 2018. URL : http://journals.openedition.org/america/2060 ; DOI : 10.4000/america.2060

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Cultivo de agua y recuerdo de la COP21

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Laguna “criada” de agua de lluvia, creada en 1996 por ABA, por los campesinos de la comunidad de Quispillaccta, Ayacucho. Foto: MAF

Al llegar a París en diciembre del 2015 el puesto de información de la COP21 del aeropuerto de Orly salvó a Marcela Machaca de perderse. Ella es delegada permanente de ABA (Asociación Bartolomé Aripaylla, ABA-Ayacucho), emisaria de su montaña y valle. El viaje de casi 48 horas desde las alturas de Quispillaqta  fue en burro, en bus, en avión. “Poco más que desconcertada tuve que arreglármelo todo y como venga”, escribió Machaca en su pasado informe. Este es un refresco de su crítica y objetivos. La percepción de ABA no ha cambiado.

Con semillas en la maleta y sin inglés ni francés, ABA estuvo allí gracias a la intervención previa de diferentes fuerzas, no solo la más elemental, y ésta no es el dinero. Es el agua (Yakumama) que escucha, habla y da. No es fácil lograr la transmisión de un mensaje sublime y perecedero. “Esa era la importancia de la travesía”, dice Machaca. Es necesario recordar nueve meses después que la COP21 no satisfizo a quienes siembran agua en Ayacucho.

¿Hay secretos que los ciudadanos de Quispillaqta guardan para ellos mismos? Sí, los hay. Son conversaciones privadas en las quebradas, medidas de hectáreas mejor cuidadas, reflexiones en quechua sin grabadora, diálogos de maíz con queso en casas de familias cuyos jefes viajan juntos a la selva para beber ayahuasca y retornan con nuevas ideas y propósitos. ¿A quién o quiénes se encomiendan? No es chamanería, magia negra o hechizo color de tierra, tampoco el resultado de invocaciones prohibidas con sacrificios en el monte. El cultivo y la cosecha de agua son reales.

La COP21 o la Vigésimo Primera Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático fue adoptada durante la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992. El objetivo es y ha sido, supuestamente será, la conformidad con las disposiciones pertinentes de la Convención, es decir, la estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida el peligro en el ambiente.

Para ABA “lo que en el Acuerdo de París está ausente es la claridad sobre el aprendizaje del mundo no occidental, la promoción de la diversidad cultural y una correspondiente variedad de modelos de desarrollo… El crecimiento económico y desarrollo sostenible son las grandes dificultades para el ecosistema. Los recursos están empobrecidos y limitados, es claro”.

“La experiencia campesina pugna por una armonía con la naturaleza y la correcta valoración de las prácticas ancestrales. El éxito de los rituales de conservación del agua de lluvias se debe a la visión del mundo de nosotros, sus beneficiarios. La ceremonia y el afecto son fundamentales para la regeneración de la vida”, ha escrito Machaca.

A cuatro mil metros de altura así es. La crítica de ABA, y de Marcela Machaca en particular, es la acepción que el mundo moderno tiene frente a los conceptos de ritualidad andina y de cosmovisión. Se les denomina folklore en su conjunto, pero es tecnología renovable, perecedera y de aplicación exclusiva de las comunidades. Reclaman su institucionalidad como conocimiento de poder y práctica.

En Ayacucho se comprende que la crianza del agua es una actividad que debe conocerse, extenderse. Recorrer las 84 casas del valle de Tuco en Quispillaccta no es un paseo de dos días. Recoger sus historias, dejar de lado aquellas de algunos padres de familia que estuvieron presos durante el proceso de violencia, festejar con ellos mismos sus cosechas y fumar para reflexionar en la próxima siembra es una labor nada proporcional a lo sencillo que parece al leerla. Es titánica.

María Fernanda Martínez, licenciada peruana en Comunicación para el Desarrollo, acompañó a ABA en 2015  durante su investigación en “Comunicación intercultural y rescate de saberes y prácticas ancestrales en Quispillaccta” (PUCP). Antes de cualquier intervención o aporte profesional ella recomienda  que “es necesario el entendimiento de la cosmovisión de los ciudadanos a través de un refuerzo conceptual de teorías antropológicas”. Luego es necesaria, continúa,  “la elaboración de manuales de inducción para futuros miembros de la organización o publicaciones institucionales”.

No solo para ABA en Quispillaccta, si los comunicadores abandonáramos nuestras grandes ciudades y nos marcháramos durante un período  al campo, quizás recogeríamos un extracto sensible y valioso y la difusión cultural caería en peso en cualquier tipo de conferencia internacional. Críticas como las de Marcela Machaca no serían necesarias y la tecnología ancestral tendría la importancia que merece, aunque las pruebas sean cristalinas como su agua cultivada.

mgp/2016

Bitácora de cocinero II. Tres leches y un retazo de cuero

– Vamos a vivir en Marruecos un año entero caminando en el desierto, me dijo B.
Fue lo más extravagante del año. Era ese tipo de frases que uno espera con las piernas abiertas como si se tratara de una disposición arbitraria o un consenso a la altura de una relación sexual prometida.
Dejaría mi venta de cuadernos artesanales en mi recién obtenido primer semestre en la facultad de letras en la Sorbona. Dejaría mi bien trabajado 6b en bloque en la sala donde ya había preparado Tres leches. El postre fue un éxito. Hasta me escribieron para decirme que si así eran los postres peruanos debía preparar uno por semana. En la cocina ya éramos cuatro y no me daba la gana de publicar mis textos aunque parecía que debía hacerlo. Me gustaba pensar, sentir y creer en escribir para mis hijos. No para el momento.
La línea del borde inferior de mi ventana era el único horizonte comestible a las once de la noche. No dividía Lima de Japón, ni el día de la tarde frágil. Dos labios rosados me cantaban con medido furor que un día escaparía de esta prisión sabiendo cocinar, sabiendo escalar, sabiendo algo que no sabía. Hacer Tres leches por primera vez y hacerlo bien, por ejemplo. La masa salió tan suave.. Dudé si la cocina pudiera ser esa vocación oculta de la que hablaba Hermann Hesse. Aprendía mirando. Alucinante para mí mismo. También leí Sidharta tres veces. Quise vivir al borde y lo estaba haciendo. Extrañaba a mi familia como jamás, quería conocer a todos. Quería ayudar a encontrar buenas mezclas de claras de huevos bien convertidos en nieve. Quería ayudar a encontrar a los desaparecidos, quería hablar de ellos y por ellos.
Pensar hasta el hartazgo no excita lo suficiente. Las ideas eran semillas, y no llovía lo suficiente, era lo malo. Ni un paracetamol ni dos, ni el verano gris parisino, ni el sombrero boliviano, ni la vista de mi sexto piso, ni el suave olor a marihuana del vecino. Muy poco era suficiente.
Con dolor de hombro, de cabeza y hongos en los pies, nunca solo, aún me alegraba del afecto de las piernas largas y suaves entre la radio y el disco a la una de la mañana en Saint Ouen.
En Bois Colombes crecían collares de semillas africanas en las rejas de las casas de esquina al lado de las rieles viejas. Afuera de la estación de tren miraba siempre las mismas bicicletas en los mismos lugares, era insoportable. Cuando el tren se me adelantaba agradecía los catorce minutos de espera con la mirada en mi muñeca, repitiéndome el plan de lectura de la semana y la posible nota de domingo para mis amigos, para que no me dijeran que andaba deprimido, sin plata, sin hablar con nadie, sin amor. Lo que yo quería decirles era todo lo contrario y que no era suficiente, ya poco lo era.
Me entregaron un departamento con un equipo y cuatro parlantes gigantes, una cocina con varias ollas, platos, tostadora, licuadora, microondas, cortanueces, abre corchos, tijeras, refrigeradora, tabla de cortar dedos, cama, colchón, ropero, lavadora secadora, tapa para el inodoro, agua caliente y un fondo de grasa en una cacerolita de barro con inscripciones chinas.
Luego me fui a Portugal a extrañar los hongos del techo de la habitación, ¿no era suficiente estar en la orilla de Mira bajo al sol al medio día? Algo más tenía que desear. Era un imbécil sin querer. No era demasiado; cantar huaynos con cada ayacuchano que se me cruzara en el camino, como siempre, no parecía mucho. Era todo.
Luego dejé de escalar como dos meses porque nadé tan rápido en el lago con los primos alemanes… casi quise ahogarme. La superficie tenía vida, las algas pegajosas me robaban la respiración. El dolor de hombro se llevó toda mi bien lograda rutina de planchas. Cuando regresé de la estación de Porto a Mealhada en Portugal, a las tres de la mañana, luego de estar varias horas con el teléfono apagado, razón por la cual mi buena amiga B me prendió una velita al lado de Budha, le dije gracias a su querida imagen de salón antes de dormir y la llama se elevó.
Regresé a París con un retazo de cuero para mi cuchillo y sin final concreto ni entrada clara para mi improvisada bitácora. Lo siento.
mgp/2016